Apuntes para la reforma constitucional (I): las Fuerzas Armadas

Finiquitado de una u otra forma el penoso régimen del 78 que nos ha llevado a la patética situación actual, y puesta en marcha implícita o explícitamente la reforma de aquella Carta Magna,…

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Finiquitado de una u otra forma el penoso régimen del 78 que nos ha llevado a la patética situación actual, y puesta en marcha implícita o explícitamente la reforma de aquella Carta Magna, que de magna ha tenido bien poco, La Cruz y la Espada se adelanta a ofrecer a sus seguidores una serie de apuntes o reflexiones para que dicha reforma sea, ante todo y sobre todo, beneficiosa para España, para la patria, para nuestra nación. En artículos venideros iremos abordando todos los aspectos fundamentales de la ya moribunda Constitución del 78, y aportando las bases esenciales sobre las que debería edificarse la nueva, la cual debe ser correctora de ella de forma que tras tan amarga experiencia España pueda renacer de sus cenizas actuales y encarar el futuro como se merece, pues si demostramos que ya no aprendemos ni siquiera en cabeza propia, entonces, señoras y señores, el último en irse que apague la luz.

 

Nunca se pensó, por los ingenuos, que podía llegar este día, pero ha llegado; y mucho menos los militares de estos últimos cuarenta años que, obviando no sólo tal posibilidad, sino tal seguridad, a tenor del devenir de estas cuatro décadas de desbarre y despropósitos, han preferido o mirar al tendido desde Kósovo, Irak, Afganistán o Líbano, entre otras excursiones, o apegarse a la Constitución y olvidarse de España; que no son lo mismo.

 

El caso es que el artículo ocho de la carta magna en su punto 1 planteó siempre un grave problema a los militares, aunque ellos nunca lo quisieron ni ver ni reconocer porque ello les hubiera obligado a dar la cara: «Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire, tienen como misión garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional.» ¿Defenderla de quién? ¿De sus enemigos exteriores pero también interiores? ¿En qué consiste la integridad territorial? ¿Pero qué pasa si la Constitución atacase o quisiera dinamitar esa integridad territorial? ¿Puede ser este el caso?

 

La vaguedad en asunto tan importante fue, sin duda, premeditada, pues como en otros aspectos existen graves contradicciones; pero aún peor aquí por referirse a las FAS, es decir, a la última razón, la de la fuerza. ¿Nadie se dio cuenta o nadie se quiso dar cuenta? Defender su soberanía, por ejemplo cuando se entró en la Unión Europea por mor del capricho de González que quería hacerse la foto cuando el mismo Morán le dijo que nada estaba acordado y que había mucho que discutir, no lo hicieron; aquello fue un ataque a la soberanía de España, máxime cuando hoy vemos cómo Bruselas lo fiscaliza todo, nos impone todo e, incluso, nos multa.

 

Pero aún peor ataque a la soberanía era que la propia Constitución, después de sentar la indisolubilidad de España, reconociera el derecho a «…las autonomías de las nacionalidades y regiones que la integran». Nada dijeron entonces las FAS, ni nada han dicho nunca cuando algunas de dichas autonomías han desbarrado, como no podía ser de otra forma a tenor de nuestra historia, por caminos de secesión –Vascongadas, Cataluña, Valencia, Baleares y Galicia fundamentalmente–, ni cuando se legalizaron partidos cuya única razón de ser y existir es la de destruir esa integridad territorial, ni cuando aún hoy en día, con todo lo ocurrido, siguen sin ilegalizarse.

 

Ni tampoco han dicho nada cuando la ley electoral, nunca modificada, ha otorgado a dichas minorías  –minorías a nivel nacional– el privilegio de ser los árbitros de esa España que quieren destruir. Ni las FAS, ni ninguno de los partidos mayoritarios a nivel nacional han querido nunca escapar, mediante la lógica reforma de dicha ley, a la tiranía de las «negociaciones» con los separatistas de todo pelaje que en realidad han sido entregas de soberanía gota a gota hasta dejar la de España en mantillas.

 

Pero es que además, a las FAS, en tal artículo, se las obliga a defender el ordenamiento constitucional –y a jurar su defensa en el acto de jura de bandera–, es decir, que por ello se las hizo no FAS de España, de la patria, de la nación, sino FAS del régimen actual, el del 78 en vías de extinción, algo realmente anacrónico, peligroso y estúpido. Un paréntesis: a los militares de los cuarenta años de gobierno del Caudillo  –sí, ya sabemos, la oprobiosa, la dictadura, etc., etc.,– se les hacía jurar la defensa de España contra sus enemigos exteriores e interiores, de su soberanía e independencia, pero NO, repetimos, NO la de los Principios Fundamentales del Movimiento Nacional; ni a ellos ni a los funcionarios de cualquier tipo; ahora, que estamos en libertad y todo es posible en democracia sin violencia y otra zarandajas, a las FAS se las liga al régimen. Ver para creer.

 

Pues bien, cuando vemos cómo los políticos, los dirigentes y los partidos caminan desde hace cuatro décadas, y en breve a toda velocidad, a llevar las tan cacareadas autonomías al extremo del absurdo, a las FAS se les plantea, si sus miembros son honrados y patriotas de verdad, sino es así no, un dilema difícil de resolver: la Constitución del 78, o al menos lo que los políticos han hecho bajo su amparo, ha puesto a España en situación de ruptura de su integridad territorial y, según parece, la reforma que se avecina va a implantar, al amparo de una nueva carga magna, o sea, de un nuevo ordenamiento constitucional, la «nación de naciones», el «país de países», el «Estado de Estados» y el «pueblo de pueblos», que será el acabose de España, de la patria, de la nación. ¿A quién deben ser entonces leales las FAS, a España, a su integridad, a ese ordenamiento constitucional que la ha roto o, peor aún, al que viene que la va a destrozar?

 

La Constitución del 78 fue una trampa, pero tan a la vista que hay que ser muy animal para no haberla visto; ahora, cuando llega el momento planeado desde entonces, cuando el germen de la destrucción de España que yacía en ella ha eclosionado y enseñado su monstruosidad, las FAS se deben dar cuenta de que han cometido el error de jurar lealtad a dos señores, lo cual es siempre muy mal asunto, porque o bien se está con uno y contra del otro o viceversa, pues nadie puede servir a los dos, igual que casa con dos puertas mala es de guardar o, en términos militares, no hay nada peor que tener que hacer la guerra en dos frentes, pues el fracaso está asegurado.

 

Si a lo anterior unimos el grave asunto de defender a España, aquí sí que sí, contra sus enemigos que, como en todo lugar, pueden ser exteriores, pero también  INTERIORES, aunque no aparezcan ni aquéllos ni éstos en el texto constitucional –los últimos son siempre mucho más peligrosos y resbaladizos–, el problema para las FAS se les agrava.

 

Por desgracia, mucho nos tememos que la composición actual de las FAS, de sus miembros, de su educación y esquema mental, desde los Generales hasta el último soldado, esté más que preparado para, pase lo que pase, darlo por bueno, decantarse por servir al señor «ordenamiento constitucional», como hasta ahora, y abandonar a España, a la patria, a la nación en manos de los profesionales de la política los cuales han demostrado en su totalidad, sí en su totalidad, que para ellos España, la patria, la nación es una entelequia incómoda que no hay que tener en cuenta, sino todo lo contrario.

 

De esa forma, los militares, las FAS, muy patrióticas ellas, mucho nos tememos que seguirán prefiriendo defender «nuestra libertad y seguridad» en cualquier parte del mundo menos en España, seguirán caminando para convertirse aún más o en oenegés como los bomberos de la UME o en fuerzas mercenaria al servicio del internacional nuevo orden mundial acudiendo a cualquier rincón del mundo donde, aunque no se sabe muy bien qué hacen para defender a España, al menos cobrarán sustanciosas dietas y lucirán el tipito en fotos de marketing que quedan muy bien. Otra cosa es que al volver a España no sepan dónde aterrizar o… no les dejen.

 

Para nosotros, la cuestión es muy clara:

 

  1. Ya que en los textos legales y jurídicos el orden es fundamental, como va antes defender a España y sólo después y al final viene lo del ordenamiento constitucional, el problema de conciencia e institucional de las FAS queda resuelto sin atienden primero a aquélla que a éste, máxime si éste sigue yendo, como hasta ahora, y va a seguir, en contra de aquélla.
  2. Bajo ningún concepto los militares, las FAS, en realidad ningún español, puede aceptar una reforma constitucional que certifique la defunción, encima por vil asesinato, de España, ni tener unas FAS ligadas a un régimen, a un ordenamiento constitucional, sea el que sea. Dicha reforma, sin duda más que necesaria, en este aspecto debe ser muy contundente, para lo cual el artículo ocho debería quedar de la siguiente forma «Las Fuerzas Armadas, constituidas por el Ejército de Tierra, la Armada y el Ejército del Aire constituyen la columna vertebral de España, de la patria, de la nación. Su misión única e irrenunciable es garantizar la soberanía e independencia de España, su unidad y su integridad territorial, defendiéndolas de cualquier enemigo exterior o interior.»

 

Si así lo exigen, si así lo hicieran, Dios y la patria se lo premiarán; si no, se lo demandarán.

 

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